Gênero: Queer

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Abrazos de cardenal, por Laura Castellanos

A revista Gatopardo, uma revista de jornalismo narrativo que tem sua sede na Cidade do México – foi fundada e antes era na Colômboa – publicou uma reportagem sobre um seminário que pretende “curar” homossexuais. Está em espanhol, mas vale à pena ler.

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Abrazos de cardenal
Una periodista se infiltra en un seminario para curar la homosexualidad como punto de partida para explorar la homofobia en Jalisco.
Por Laura Castellanos / Fotos del cardenal de Phoebe Ling

DÍA UNO. Esa tarde de viernes, el retiro de tres días, “Camino a la castidad, encontrando el propósito de Dios para nuestras vidas”, estaba por comenzar en un salón del terreno amplio y arbolado, aislado por una barda, del seminario de los Misioneros de Guadalupe, a las afueras de Guadalajara. Yo, hedonista desprejuiciada, me infiltré en el taller de

ara Sandoval Íñiguez la homosexualidad siempre ha existido, el problema es que ahora se impone como deseable.

“reorientación” y abstinencia sexual para homosexuales y lesbianas bajo la impostura de ser una lesbiana católica y culposa de la capital. Logré el registro al pasar el filtro cibernético e ingeniármelas para evadir la entrevista personal. No fue fácil, a pesar de que las críticas contra Courage —la asociación católica organizadora, establecida en México hace cinco años con el aval del Vaticano—, relajaron sus métodos extremos de selección. Por ejemplo, a diferencia de un taller impartido en 2008, esta vez no hubo cuestionario de admisión sobre prácticas tan extravagantes como levitación o “bestialismo”. Tampoco incautaron celulares, y la gente local durmió en sus casas. Pero a los foráneos no nos dieron llave de las habitaciones. Cualquiera podía hurgar nuestras pertenencias. Yo no llevaba laptop ni grabadora. Sólo un inocente cuaderno escolar del que no me separé. La habitación era cómoda y limpia, y en el baño nos dejaron un jaboncito Rosa Venus, el clásico de los hoteles de paso.

Ya instalada en la habitación, salí al jardín a echar un vistazo. Al primero que vi fue a un joven blanco y delgado, vestido con ropa informal de marca, que deambulaba, pesaroso, con la maleta al hombro. ¿Qué le pasaba? Me senté próxima a él en el amplio salón donde iba a tener lugar la conferencia. Llegaron más de doscientas personas, buena parte integrantes de los catorce capítulos de Courage Latino. El retiro arrancaba en plena pugna entre colectivos gays y Courage. Se trataba del episodio más reciente de la confortación entre el movimiento de diversidad sexual y el ala católica más conservadora del país, detonado en 2009 por la aprobación legal de los matrimonios gays y su derecho a adoptar infantes en la ciudad de México.

Poco más de la mitad del auditorio era gente adulta, madres y padres de diversos estratos sociales, la mayoría integrantes de la división Encourage de “acompañamiento” familiar. El resto, sus hijos veinteañeros, casi la totalidad varones. Otros jóvenes, como el de la maleta, iban solos. Al taller asistían los pilares estadounidenses: el presbítero Paul Check, director de Courage Internacional, y Richard Cohen, director de International Healing Foundation (IHF), autor del libro Comprender y sanar la homosexualidad. (Circula en internet información sobre su presunta expulsión de la American Counseling Association, la red de terapeutas y consejeros en salud, educación y derechos sexuales más grande y respetada en Estados Unidos.) La filosofía de Courage es contradictoria: para algunos, como Cohen, el homosexual es un heterosexual dañado, pero rescatable. Para otros, como Miguel Cisneros, coordinador de Courage Latino, la homosexualidad es una “condición natural y no cambiable”, vivida con dolor, por lo que la abstinencia sexual es la única vía de redención ante Dios.

Luego de la bienvenida, Check dio un mensaje espiritual a la audiencia. El ambiente era tirante. El muchacho manipulaba su celular, se miraba las uñas. Al terminar el presbítero nos avisaron de un cambio en el programa: la charla de Cohen del día siguiente, “Entendiendo el significado de las fantasías sexuales y la masturbación”, se daría esa tarde. Cohen apareció en escena con su nariz de escuadra y su sonrisa desbordada. El hombre blanco, de estatura media y lentes, vestía traje oscuro y suéter claro. Lo tradujo su representante en Latinoamérica, Desirée Carlson. Cohen se movía con soltura sin dejar de pelar los dientes. Así explicó a la audiencia que de niño sufrió un abuso sexual, razón por la que se hizo homosexual. Corrijo: utilizó las siglas “AMS”, que significan atracción al mismo sexo. Es una especie de código interno que no provoca sobresaltos. “¡Dios mío, quítame estos deseos!”, él oraba. Nos contó que derramó muchas lágrimas. Pero no cejó en su fe y, tras veinticinco años de lucha, vino el milagro: “¡Salí heterosexual!”. Cohen alzó una mano en señal de triunfo, la dirigió a la pantallota del escenario. Apareció una foto suya con una mujer y tres adolescentes. “¡Ésta es mi familia!”, elevó la voz. Una parte del auditorio aplaudió emocionada. ¿El muchacho? No. Cruzó una pierna, movió el pie al aire.

Cohen explicó que los niños con AMS pudieron padecer “mamitis”, violaciones sexuales, ausencia paterna, padres alcohólicos y agresivos. Las niñas fueron traumatizadas sexual o emocionalmente por hombres. Luego ejemplificó por qué la AMS era antinatural. Alzó ambas manos; con los dedos de una hizo un círculo, e introdujo el índice de la otra. Metió y sacó el dedo. “¡Esto y esto embonan perfectamente!”, expresó hilarante. Su argolla matrimonial destelló. Risas. El joven dejó su maleta en una silla. Regresó con un café.

Cohen bajó del escenario. Condenó la masturbación y las fantasías sexuales por ser evasiones emocionales adictivas, realidad que “Satán no quiere que sepamos”. Para eliminarlas nos recomendó ejercicio, respiraciones profundas, orar por si estábamos poseídos por algún espíritu del mal, y en caso de urgencia por manosearnos, llamar por teléfono a algún familiar o amistad heterosexual para que lo impidiera. Pese a todo, él nos tenía una buena nueva: “Vengo aquí a darte un mensaje de Dios: ¡estás bendecido!”. La AMS no era, pues, una maldición sino una bendición, el motivo para sanar al niño interior y a nuestras familias disfuncionales. “¡El cambio es posible!”, finalizó eufórico. Gritos festivos. Madres y padres de pie. Aplausos. El joven salió disparado del salón. La jornada culminó con una hora de cánticos y rezos.

Que el retiro tuviera lugar en Guadalajara, Jalisco, no fue casual. Es donde Courage tiene su capítulo más visible. Uno de sus integrantes, Rubén García, es autor del libro Un homosexual alcanzado por la misericordia de Dios, publicado por la Arquidiócesis de Guadalajara, “la que más dinero produce al Vaticano”, según me dijo por teléfono la historiadora Renée de la Torre, autora de La ecclesia nostra. Jalisco posee por meritocracia la corona nacional de la doble moral. Es, a los ojos populares, sede de la hombría más estereotipada, la de machos bragados y bigotones, y al mismo tiempo, el estado más gay del país. “En Jalisco, el que no es futbolista, es mariachi o es puto”, dice un viejo chiste machista. De la Torre me contó otro que retrata la contradicción: “Jalisco es el estado de los machos jotos y de los mochos mochos”. Si bien la sociedad católica jalisciense es vista como “mocha”, su capital, Guadalajara, la segunda ciudad más grande del país, es considerada la capital gay de México. Gaydalajara, le dicen a la urbe famosa por la diversidad de sus antros de ambiente. Aquí presumen poseer el antro/cabaret gay más grande y de más trayectoria en Latinoamérica: Mónicas, con tres décadas de vida y aforo para más de tres mil personas.

Dice De la Torre que en el mapa histórico nacional es conocida la férrea oposición de Jalisco a los nuevos aires. “En el estado se zanjó la Independencia, la Revolución no pasó por aquí, y se luchó contra la laicidad de las Leyes de Reforma”. Pero Jalisco es ante todo un estado de “grandes contrastes” entre movimientos radicales de derecha y de izquierda. Así como fue cuna de la insurrección cristera del país, reprimida hace más de siete décadas por oponerse al Estado laico, también fue la principal plaza guerrillera al inicio de los años setenta. No es de extrañar, entonces, que su activismo gay, aunque pequeño, sea muy combativo. En 2009, por ejemplo, Miguel Galán, postulado por el Partido Social Demócrata (PSD) a la alcaldía de Guadalajara, se convirtió en el primer candidato a alcalde abiertamente homosexual en México.

La legalización de las bodas gays en la capital provocó que la derecha de Jalisco saliera a combatir en el terreno nacional. Mientras el alcalde de la ciudad de México, Marcelo Ebrard, aplaudía la aprobación de los matrimonios entre personas del mismo sexo, el gobernador jalisciense, Emilio González Márquez, interpuso un juicio ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación para no reconocerlas en su entidad, juicio que por cierto perdió. La guerra subió de nivel. El cardenal Sandoval Íñiguez, famoso por sus exabruptos, acusó a Ebrard de “maicear” a los ministros. Ebrard lo demandó por daño moral y reveló su mote: el Cavernal. El gobernador respondió desde su trinchera, en un acto público, que a él las relaciones gays le daban “asquito”. Todo esto sucedió mientras activistas homosexuales hacían protestas contra el gobernador y el cardenal, e interponían demandas en instancias de derechos humanos.

DÍA DOS. En la mañana, cuando el presbítero Check explicaba que San José era el santo de la castidad, pues María concibió a Jesús por gracia del Espíritu Santo, me senté en las filas traseras del salón. Un joven a mi lado jugaba con su celular. Otro leía una revista. Ubiqué al muchacho de la maleta. No la llevaba. Estaba con dos chicos con los que lo vi charlar en la cena. El muchacho se incorporó con una cajetilla de cigarros en la mano y salió al jardín. Lo seguí rápidamente y le pedí uno. Me lo dio afable. Nos sentamos en una bardita a charlar. De lejos, un integrante de Courage nos vigilaba.

—Te vi muy abrumado ayer— fui al grano.

Se sinceró. Su madre le pidió que viniera y aceptó por complacerla con la advertencia: “Yo no voy a cambiar mi orientación sexual, la tengo muy clara”. Era tapatío y estaba furioso contra la Iglesia católica. La tachó de “primitiva” por discriminarlos y auguró su próxima desaparición. Le pregunté su opinión sobre los católicos locales fieles al cardenal Juan Sandoval Íñiguez, quien al frente de la Arquidiócesis de Guadalajara, una de las comunidades católicas más conservadoras y grandes del mundo, encabeza la cruzada nacional contra los matrimonios gays. “¡Son muy pendejos por creer lo que dice ese pendejo!”, inhaló. “Ultimadamente, ¡cada quién su culo!”, exhaló.

Salieron de la conferencia los otros dos chicos y se nos unieron. Eran queretanos. Los tres se conocieron en la cena. Tenían en común ser de familias adineradas, que sus madres estaban en Encourage y los enviaron y que asumían su homosexualidad sin conflictos. Uno de ellos, el menor, era flaquito y callado. Su papá también asistía al taller. El otro: alto, ceja poblada, desenfadado.

La conferencia terminó y todo mundo salió del salón. Pasó un joven frente a nosotros y el queretano cejudo bajó la voz.

—¡Miren, miren! ¿A poco no está guapo ese jotito? Mi mamá me mandó a quitarme lo gay y voy a salir con novio —checó su Blackberry—. ¿Se dan cuenta de la tensión que hay entre los padres de familia? —se refería a dos mamás que sollozantes preguntaron sobre casos de hijos indómitos.

—Sí, no mamen —respondió el tapatío—. Hay que ponerles Valium en el café.

El psicoterapeuta Cohen no apareció ese día. Fue el momento de Courage. Un homosexual y una lesbiana treintañeros expusieron sus experiencias AMS. Su vida estaba vacía, atormentada por la culpa. Los dos encontraron la paz en Courage. La mujer presumió sus dos años de castidad. “Dos años sin sexo y se me pudre”, expresó el tapatío en el descanso. En la última conferencia del día, un psicoterapeuta de “reorientación sexual” señaló a madres y padres como los principales responsables del padecimiento ams de sus descendientes. Por tal razón, la terapia del paciente también debía incluirlos. Una madre preguntó con desazón en cuánto tiempo se quitaba la AMS. El hombre de tez cetrina le respondió que no había plazo, incluso certeza de lograrlo, pero no había otra alternativa.

El día cerró con más cánticos y rezos. El queretano tímido durmió en el seminario bajo el resguardo paterno. El tapatío se fue a dormir a su casa porque el cuarto le daba urticaria. El queretano cejudo se fue al Black Cherry, el antro gay más exclusivo de Guadalajara. Regresó al día siguiente.

Cuando se hizo el taller de Courage, ni el gobierno del estado ni la Iglesia querían hablar del tema, menos de las bodas gays. Busqué entrevista con el cardenal, con el gobernador, fue infructuoso. Incluso el gobernador Emilio González Márquez hizo cambios en su oficina de comunicación por las notas que aparecieron en su contra. El logo de la Secretaría General de Gobierno había aparecido en el cartel de “Camino a la castidad”. El centro se tapió con ellos. La identificación oficial, del tamaño de una tablilla de goma de mascar, compartió crédito con Courage y la IHF de Cohen. El hecho provocó que el Congreso local denunciara al secretario de Gobierno, Fernando Guzmán, por peculado en pro de un evento religioso.

Con mucho trabajo charlé brevemente con Fernando Guzmán, en sus oficinas. “Se hizo un gran chisme”, desdeñó el hombre alto y pulcro. Negó financiar el evento. Según él, todo se debió a un apoyo individual de un funcionario terapeuta consultado por Courage. Se quejó de las críticas: “También quienes consideran que no es lo adecuado, lo natural, estar en la homosexualidad, deben ser respetados, la tolerancia opera de ida y vuelta”. Y para terminar, el aspirante a gobernador descartó a los matrimonios gays en su estado: “En Jalisco hay gran aceptación de la familia tradicional, y veo realmente fuera de posibilidad que prospere una iniciativa de esta naturaleza”.

Él hablaba con conocimiento de causa. El Congreso local tiene treinta y ocho curules y sólo dos son de diputados de izquierda: Olga Gómez Flores y Raúl Vargas, del Partido de la Revolución Democrática (PRD). La diputada no trabaja en una iniciativa de matrimonios gay, sino en dar certeza jurídica, sobre bienes y prestaciones, a las relaciones conyugales del mismo sexo. Se llama Ley de Uniones Storge, por la palabra griega que significa amor filial. La cabildeó con activistas, expertos jurídicos y con el mismo cardenal Sandoval Íñiguez. “No reconocer que él es un poder fáctico es estúpido de mi parte”, dijo la legisladora. El cardenal la recibió con reservas, pues llama “hijos de las tinieblas” a los militantes del PRD por promover la interrupción del embarazo y las uniones gays. El asunto quedó en “veremos”.

DÍA TRES. En el desayuno dominical busqué a los dos chicos fugados. Sólo estaba el queretano con su papá. Compartí la mesa con una señora robusta y amable, vendedora de accesorios de cocina y procedente de un poblado a dos horas de camino. Me contó que fue “bendecida con dos hijos con AMS”, por lo que su misión era hacerlos heterosexuales. Tal era su entrega, que estudiaba preparatoria y seguiría con la carrera de Psicología para así dedicarse por entero a su conversión. También daría consultas a otros jóvenes con AMS que no pueden pagar 500 pesos por sesión especializada. “Yo les cobraría 50 pesos”, barato. Ella sabía que su reto no era fácil, pues “Richard Cohen se tardó veinticinco años en lograrlo”. Pero no le importaba: “Yo no pierdo la esperanza; dice Richard que la AMS se quita con abrazos”. Quedé confundida. Comprendí más tarde, cuando Cohen regresó a escena.

El tapatío y el queretano cejudo retornaron, muy orondos, alrededor de las once de la mañana, justo para la actividad culminante del taller impartida por Cohen: Sanando nuestros corazones. Se colocaron las sillas en círculo. Cohen, puras sonrisas, explicó que para sanar al niño interior anotáramos afirmaciones positivas como “soy inteligente, soy hermosa”, y las repitiéramos a diario. Enfatizó que madres y padres debían sanar el vínculo con sus hijos con AMS por medio de abrazos prolongados. La gente con AMS, tras el taller, tenía prohibido abrazar a otros con AMS. Nos mostró con su asistente el abrazo efectivo: cachete con cachete, pecho con pecho, cadera con cadera, pies encontrados, ojos cerrados, concentración, apriete, durante varios minutos. Algo sabroso, dependiendo de a quién se abrace, claro. Pero éste era todo un reto carnal. Nos prescribió quince abrazos al día, sin pensar cochinadas ni tener reacciones fisiológicas. Cohen nos levantó a todos para hacer el ejercicio.

El taller finalizó entre abrazos espontáneos y familiares con rostros radiantes. Algunos jóvenes lucían contentos. Otros, muy compungidos. La misa de clausura comenzó. Salí al jardín. El trío charlaba con otros jóvenes. Uno alto dijo que intentaría la terapia de conversión sexual para tener un hijo propio. “Tu papá está muy emocionado por eso, ¿verdad?”, comentó un amigo suyo. El chico asintió sin entusiasmo. El tapatío me echó una mirada cómplice. Un día antes me compartió sus planes de ser padre, pero mediante inseminación artificial. Al despedirme, pregunté al trío sus conclusiones del taller. Ninguno dejaría de ser homosexual, por el contrario, lo refrendaban con más fuerza. Les gustó abrazar, pero Cohen les pareció siniestro. “Tiene sonrisa de Botox, es pura mercadotecnia”, dijo el tapatío. “Éste es un pinche negocio”.

La organización gay más aguerrida de Jalisco se llama Cohesión de Sustentabilidades para la Diversidad (Codise). La lideran Rodrigo Rincón y Jaime Cobián, de engañosa apariencia inofensiva. Ellos son esposos y pertenecen al primer grupo de parejas gays que se casó en la ciudad de México en marzo de 2010. Codise es la única en Jalisco que combate de forma frontal la homofobia del gobernador, del cardenal Sandoval Íñiguez, de Courage. Ambos fueron candidatos a puestos de elección popular y manifestaron públicamente su homosexualidad. Organizan mítines, interponen demandas en instancias civiles y gubernamentales, dan conferencias de prensa y realizan trabajo de prevención del vih/sida en condiciones económicas precarias. Rincón le espetó al gobernador que su comentario del “asquito” podría deberse a un homosexualismo reprimido. El colectivo colocó a Courage en la mira nacional, y a Sandoval Íñiguez le interpuso una queja ante la Secretaría de Gobernación por no respetar al Estado laico. En gesto provocador, Cobián además personifica al cardenal en protestas. Los entrevisté en la oficina de Codise, en el centro de la ciudad, la misma que sufrió tres asaltos en el último año y medio. El más reciente aconteció veinte días antes de la entrevista. No se llevaron equipos, sino información contable y de su programa callejero de reparto de condones y de pruebas rápidas de detección de sida.

Cobián ronda los cincuenta años. Nos sentamos a hablar de la historia de la homofobia en Jalisco. Me contó que en 1867 el diputado Jesús Hermosillo, de Lagos de Moreno, encerraba a hombres afeminados en la cárcel. Dijo que esta práctica se extendió hasta los años sesenta y setenta. Los precursores del movimiento gay tapatío surgieron a fines de los setenta, con Pedro Preciado, Guadalupe López y Jorge Moreno al frente. En los setenta, Panchos Bar era el único antro gay en Guadalajara, por lo que las fiestas de ambiente se hacían en casas particulares con muchos riesgos violencia. “En los setenta y ochenta muchos chavos fueros asesinados en esas fiestas”.

En 1980, Mónicas abrió sus puertas. Fui al lugar una noche de concurso de disfraces. A propósito, un integrante de Codise participó vestido del cardenal. No ganó el premio, sólo una buena rechifla. Ahí me contaron cómo las patrullas de policía esperaban en las esquinas para llevarse a los clientes, de carros que se impactaban contra el portón, de sujetos violentos que amenazaban a los parroquianos. A mediados de los ochenta, con la irrupción del sida, el acoso empeoró. “Hubo una represión de la fregada”, dijo Cobián. Andar con condones era falta administrativa. Se prohibieron los espectaculares que los anunciaran. También hubo redadas en los bares: “A todos nos trepaban en las patrullas, nos metían al bote a culatazos, nos extorsionaban”. En ese escenario nacieron los primeros colectivos: Grupo Orgullo Homosexual de Liberación y el Comité Humanitario de Esfuerzos Compartidos en Lucha contra el Sida (Checos).

Al arrancar los noventa, los colectivos gays quisieron organizar un congreso en Guadalajara de la International Lesbico Gay Association, órgano consultor de la ONU. Pero la ultraderecha presionó al gobierno y realizó una campaña con pintas en la ciudad que decían: “Haz patria, mata a un puto” y “Guadalajara no será sidosa”. Se canceló el encuentro. Pero por instrucciones del presidente Carlos Salinas e intermediación del entonces procurador Jorge Carpizo, el encuentro se movió a Acapulco. En 1991, bombas manipuladas por reloj se detonaron en la discoteca de la casa donde compartían oficinas el colectivo gay pionero del estado, Grupo Orgullo Homosexual de Liberación y el Centro de Apoyo a la Comunidad Gay. Tal violencia provocó que el desfile del Orgullo Gay no se realizara el resto de la década de los noventa. Volvieron a salir a las calles a partir del año 2000.

A finales de los noventa emergió una tercera generación de activistas, más universitaria, que cuestionó que la diversidad sexual sólo fuera la lucha contra el sida. A esa generación pertenece Rincón. Él entendió que el asunto no era sólo mediante el activismo civil sino de propuestas legislativas y políticas públicas. Para entonces, la izquierda electoral ganó presencia nacional y recogió las demandas de los grupos más vulnerables. Sin embargo, Cobián ubica que hasta la última década los derechos de la comunidad Lésbico Gay Transexual y Bisexual (LGTB) se incluyeron en los programas de los partidos políticos como Alternativa Social Demócrata y México Posible. Cobián y Rincón se lanzaron sin fortuna como candidatos a diputados y regidores por los dos últimos partidos, ya desaparecidos. Ahora hay en Jalisco cerca de una decena de organizaciones gays y la mayoría realiza programas de prevención contra el sida.

Codise llevó a cabo varias conferencias de prensa para denunciar los métodos de Courage. Dos años antes, uno de sus integrantes, Édgar Rosales, entonces miembro del Centro de la Diversidad y los Derechos Sexuales, se infiltró en un taller de Courage realizado en León, Guanajuato. Dio su testimonio a la prensa, y ahora lo repitió de nuevo. Narró el proceso de selección de Courage con el famoso cuestionario de admisión sobre prácticas extrañas, como pactos de sangre o satanismo, también su traslado de forma clandestina a las instalaciones del taller y el aislamiento sufrido. Una de las sesiones que más lo impactaron fue la de escribir sus pecados en papelitos amarillos que clavaron en un crucifijo de gran tamaño. Entre cantos y rezos, los “terapeutas” detonaron la culpa y el llanto. “Fue cruel”, dijo el veinteañero de barba y anteojos.

Codise intercambió sus impresiones de Courage con el reverendo David Kelke del colectivo la Comunidad de los Martínez, que entre otras cosas apoya a enfermos de sida de bajos recursos. Ambos coinciden en que el fin de Courage no es espiritual sino político. Kelke, frente a una taza de café, me dijo que la estrategia de Courage es agrupar gays conservadores que en apariencia renuncian a su ejercicio sexual para boicotear políticas públicas y legislaciones a favor de la comunidad LGTB. “El Partido Republicano en Estados Unidos tiene un grupo de ex gays con ese fin”. Rincón comparte su apreciación y piensa que el cardenal es clave para impulsar a Courage en Jalisco. El treintañero con chispa así lo definió: “Es un hombre muy poderoso”. Días antes del retiro, Sandoval Íñiguez expresó a La Jornada sobre Courage: “Yo los felicito y animo a que sigan”.

A la casona amarilla de la Arquidiócesis de Guadalajara, estilo colonial, dos cuadras adelante de la plaza de Tlaquepaque, sede turística del mariachi, la resguarda una camioneta de la policía municipal y una de la policía estatal. Esa tarde azulada toqué al portón de la residencia del cardenal Sandoval Íñiguez. Una monja me abrió. Así que ésta era la famosa casa que causó escozor al ser retratada en la revista Quién. Es una finca amplia del siglo xix, bien cuidada. Una enramada de maracuyá cubre la entrada del jardín, en donde hay árboles frutales de gran tamaño y una capilla, minúscula, con aire gótico. En el pasto deambulan algunos perros, y están distribuidas en el jardín cuatro o cinco jaulas de gran tamaño con loros, tucanes y un mono pequeño. En una esquina, bardeada, atisbé una piscina.

El cardenal salió al jardín a recibirme. El hombre robusto y de cara redonda lucía su vestimenta tradicional: pantalón y camisa negros, con el cuello blanco clerical. Un crucifijo de oro, de unos diez centímetros de largo, cruzaba su pecho y descansaba sobre su vientre voluminoso. Sonriente, me extendió su mano grande y carnosa.

Conseguí esta entrevista tras días de insistencia. Dos veces antes me la canceló su vocero, el padre Antonio Gutiérrez. Primero, por el alboroto de la demanda de Ebrard contra el purpurado. Propuse no tocar el tema jurídico. Luego, por la carta anónima que un grupo de sacerdotes publicó en la revista Proceso. Lo acusaban de autoritario y por despilfarro al erigir el monumental Santuario de los Mártires en honor a veintiséis santos cristeros, además de posible malversación de fondos del Seminario Diocesano a su cargo, principal semillero sacerdotal del país. Lo instaban a reconsiderar su posición sobre la homosexualidad y, para acabar pronto, le pedían que renunciara.

Sandoval Íñiguez es uno de los jerarcas católicos más controvertidos de México. En 2003, el ex procurador general de la República, Jorge Carpizo, lo demandó penalmente por el presunto delito de lavar dinero del narcotráfico. Salió ileso. Después la periodista Sanjuana Martínez documentó su encubrimiento de sacerdotes pederastas en la Casa Alberione en su libro Prueba de fe publicado en 2007. Nada pasó. “Es el gran impune de México”, Sanjuana me dijo alguna vez. Ahora Sandoval Íñiguez es noticia por su posición homofóbica. “El cardenal está muy vulnerable”, me dijo su vocero al cancelarme la segunda vez. “Déjeme por lo menos saludarlo”, pedí y accedió.

Al ir a su oficina no lo vi vulnerable, sino macizo, de buen talante, por lo que no dudé en pedirle la entrevista. Para mi sorpresa, aceptó.

Cruzamos al lado del comedor de estilo rebuscado. Llegamos a su despacho, algo frío y oscuro. Los libreros estaban llenos de títulos religiosos y de historia. En la cúspide del estante, detrás de su escritorio, hay un retrato de la Virgen de Guadalupe. Debajo de ésta, en el entrepaño más alto, un pavorreal disecado reposaba, tieso, sobre naturaleza sintética.

Cristina Elizabeth Díaz, su jefa de prensa, estuvo en la entrevista. La treintañera dulce y alegre tiene meses trabajando con él. “¡Es un bombonazo! ¡Es como un abuelito!”, así me lo describió en la víspera.

El hombre de voz grave, algo rasposa, se sentó frente a su escritorio. Me contó de su infancia en Yahualica, en una familia de diez hijos, con una madre muy religiosa. De cómo a los doce años ingresó al Seminario y a los diecinueve viajó a Roma para ser sacerdote. Él nació en los Altos de Jalisco, la región donde pervive con mayor fuerza la raíz cristera. Rememoró cómo en la guerra cristera un párroco de la zona fue fusilado. Y cómo ahí sigue viva la memoria de esa guerra, “porque todavía quedan hijos de mártires, nietos de mártires”. Dijo que lo agreste de los Altos se imprimió en su carácter “un poco de violencia”, pues ahí la tierra es “dura” de trabajar, y él reacciona con arrebatos “cuando me quieren así como dominar o engañar, o no hacer caso, entonces me pongo así, duro, me sale el carácter”.

Entramos al tema de laicismo y familia mientras Cristina Elizabeth nos acercaba un vaso con agua. Me sentí como una equilibrista suspendida sobre temas polémicos. Mi reto era tener una charla en la que el cardenal me expusiera su pensamiento sobre la homosexualidad.

Sandoval Íñiguez había estado días antes en una reunión cardenalicia celebrada en Roma a fines de noviembre. Ahí, frente al Papa y un centenar de cardenales, habló sobre libertad religiosa en México. En ocho minutos les expuso, “sin nombrar a nadie, a ninguna autoridad”, cómo en su opinión se le coartó su libertad de expresión al defender “a la familia y la vida”. “Eso fue lo que dije: ‘La libertad religiosa está coartada en México. Creo que eso no debe ser. Porque no debe haber ciudadanos de primera y de segunda'”, dijo. Me explicó su visión de sociedad, en la que no hay cabida para el Estado laico, pues la “ley natural” de la familia, formada por una pareja heterosexual, se antepone a las leyes del Estado. “Sin familia no hay clan, ni tribu ni Estado. Ésta es anterior, en existencia y en derecho. Entonces al Estado le corresponde reconocer los derechos de la familia y tutelarlos”. En ese sentido, “el Estado no está facultado, no puede manipular un matrimonio”, dijo en alusión a las bodas gays.

La charla devino en su reciente carta pastoral “En ocasión del Bicentenario, del Centenario y de la situación actual”. Él considera que, tras la caída de las ideologías, vivimos una era de posmodernidad con desesperanza en la gente, por lo que aquí y allá “están puestos a la droga, al alcohol, al sexo”. Él no ve la situación de forma circunstancial, sino como producto de una estrategia del primer mundo que usa como armas al homosexualismo y al feminismo contra la familia heterosexual procreadora. A esta tesis la llamó “maltusianismo”. En 1880, Thomas Malthus auguró que la población crecería con más velocidad que la producción alimentaria. De no intervenir, el nacimiento de nuevos seres provocaría la pauperización gradual de la especie humana e incluso su extinción. Un sacerdote católico, Michel Schooyans, retomó este planteamiento sobre el que descansan numerosas políticas públicas para denunciar la intercesión de organismos como la ONU o el Banco Mundial. Sus estrategias promueven métodos anticonceptivos, el derecho al aborto y los derechos de diversidad sexual, que van contra los preceptos de la Iglesia.

Con eso Sandoval Íñiguez no quiso decir que el primer mundo inventó la homosexualidad. “Siempre ha existido por alguna razón, la novedad es que ahora se le quiera imponer como algo muy importante y hasta deseable”. Ahí es donde tiene la culpa el maltusianismo.

—El maltusianismo es esa tendencia de reducir la población del mundo a como dé lugar, sobre todo en los pueblos del tercer mundo, para que no se consuman los recursos de la Tierra. Entonces, una de las avenidas del maltusianismo es la homosexualidad. Naturalmente la homosexualidad es infecunda, y en lugar de que estos jóvenes se casen y tengan dos, tres, cuatro o cinco hijos, se juntan entre sí y no tienen nada. Entonces, entre más porcentaje haya de uniones de personas del mismo sexo, la natalidasd baja, por supuesto.

—¿No piensa usted que es una cuestión de opción?

—No, es una estrategia del maltusianismo.

—¿Quién impulsa esta estrategia?

—Apunte ahí un libro para que se documente: Schooyans, El evangelio ante el desorden mundial, o La cara oculta de la ONU, son libros de un miembro de la Academia Pontificia de la Ciencia, muy documentado. Trae una exposición de ese asunto de lo que estamos hablando. Por eso cuando le digo a usted que se trata de una estrategia, es una estrategia.

—¿Una estrategia en los países pobres o en todo el mundo?

Con eso Sandoval Íñiguez no quiso decir que el primer mundo inventó la homosexualidad. “Siempre ha existido por alguna razón, la novedad es que ahora se le quiera imponer como algo muy importante y hasta deseable”. Ahí es donde tiene la culpa el maltusianismo.

—El maltusianismo es esa tendencia de reducir la población del mundo a como dé lugar, sobre todo en los pueblos del tercer mundo, para que no se consuman los recursos de la Tierra. Entonces, una de las avenidas del maltusianismo es la homosexualidad. Naturalmente la homosexualidad es infecunda, y en lugar de que estos jóvenes se casen y tengan dos, tres, cuatro o cinco hijos, se juntan entre sí y no tienen nada. Entonces, entre más porcentaje haya de uniones de personas del mismo sexo, la natalidasd baja, por supuesto.

—¿No piensa usted que es una cuestión de opción?

—No, es una estrategia del maltusianismo.

—¿Quién impulsa esta estrategia?

—Apunte ahí un libro para que se documente: Schooyans, El evangelio ante el desorden mundial, o La cara oculta de la ONU, son libros de un miembro de la Academia Pontificia de la Ciencia, muy documentado. Trae una exposición de ese asunto de lo que estamos hablando. Por eso cuando le digo a usted que se trata de una estrategia, es una estrategia.

—¿Una estrategia en los países pobres o en todo el mundo?

—En todo el mundo, pero a los países pobres se les impone con sanciones económicas muy fuertes. Y como los países pobres están endeudados, tienen que acceder.

La entrevista fluía, aunque me pareció que el cardenal se cuidaba en su lenguaje.

—Ahora habla de una relación infecunda —incursioné en terreno prohibido—, la Suprema Corte aprobó la posibilidad de adopción por… —no pude terminar.

—Ése es un asunto del que ya no quiero hablar. ¡Ya no le busque! ¡Dejémosle ahí! —alzó la mano y rebanó el aire.

La plática desembocó en otros despeñaderos. La entrevista culminó con la confirmación de la cita para el registro fotográfico del siguiente día.

En la sesión de fotos el cardenal estuvo particularmente alegre. Era jueves, su día de descanso, en el que acostumbra jugar golf tras hacer su oración matutina. La fotógrafa Phoebe Ling le solicitaba: “Por favor, mire para acá, póngase serio, ¿puede acercarse al loro?”. Él accedía de buena manera. Solicitamos que de favor se pusiera su vestimenta cardenalicia y posara junto a las tres religiosas que lo asisten. “Dile a las hermanas que se peinen”, pidió en broma a Cristina Elizabeth.

Al concluir la sesión, solicité a Cristina Elizabeth hacerle al cardenal un par de preguntas más. Aceptó. Nos sentamos en los sillones de vinil del pasillo. Respondió con la vista hacia el jardín. Negó las acusaciones en su contra sobre su presunta riqueza. La finca, dijo, era de la Arquidiócesis. “No poseo un metro de tierra, que quede claro”, me externó un día antes. Inquirí entonces sobre la carta anónima de los sacerdotes que lo acusan de poder desmedido y corrupción.

fuertes. Y como los países pobres están endeudados, tienen que acceder.

La entrevista fluía, aunque me pareció que el cardenal se cuidaba en su lenguaje.

—Ahora habla de una relación infecunda —incursioné en terreno prohibido—, la Suprema Corte aprobó la posibilidad de adopción por… —no pude terminar.

—Ése es un asunto del que ya no quiero hablar. ¡Ya no le busque! ¡Dejémosle ahí! —alzó la mano y rebanó el aire.

La plática desembocó en otros despeñaderos. La entrevista culminó con la confirmación de la cita para el registro fotográfico del siguiente día.

En la sesión de fotos el cardenal estuvo particularmente alegre. Era jueves, su día de descanso, en el que acostumbra jugar golf tras hacer su oración matutina. La fotógrafa Phoebe Ling le solicitaba: “Por favor, mire para acá, póngase serio, ¿puede acercarse al loro?”. Él accedía de buena manera. Solicitamos que de favor se pusiera su vestimenta cardenalicia y posara junto a las tres religiosas que lo asisten. “Dile a las hermanas que se peinen”, pidió en broma a Cristina Elizabeth.

Al concluir la sesión, solicité a Cristina Elizabeth hacerle al cardenal un par de preguntas más. Aceptó. Nos sentamos en los sillones de vinil del pasillo. Respondió con la vista hacia el jardín. Negó las acusaciones en su contra sobre su presunta riqueza. La finca, dijo, era de la Arquidiócesis. “No poseo un metro de tierra, que quede claro”, me externó un día antes. Inquirí entonces sobre la carta anónima de los sacerdotes que lo acusan de poder desmedido y corrupción.

—Una carta anónima no vale un centavo, no vale nada, y en la Iglesia, para que todo el mundo lo sepa, se lo he dicho a los sacerdotes, un anónimo no cuenta. El que acuse, delate, critique, sea hombre, póngale su firma, para poder aclarar las cosas, como se trata entre gente civilizada y con carácter.

También negó que en la Casa Alberione, un centro terapéutico sacerdotal, aislado y vigilado, hubiera curas pederastas. Según él ahí se atiende a curas alcohólicos o drogadictos.

—¿Y homosexuales?

—Homosexuales sí, pederastas no —remarcó con el dedo índice.

Ya para concluir, pregunté su opinión de las bodas gays. “Si quieren vivir juntos son muy libres, pero que no lo presuman ni quieran que sea matrimonio”. Siguió con la mirada en el jardín. Los dedos de su mano tamborileaban sobre su pierna en gesto de impaciencia.

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